Strip- tease

Quítate el sombrero,
si lo tienes,
quítate el pelo,
que te abandona,
quítate la piel,
las tripas, los ojos,
y ponte un alma.
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jueves, 16 de diciembre de 2010

Sangre (o sudor del alma)




¿Qué hago contigo, eh?

Dime, ¿qué hago contigo?

Desnuda, te grito a la cara. Con los pies descalzos soy invisible.

Córtame las manos, joder. Que esta noche hay luna llena y me sangran las venas ya de tanto escribir.

Podría irme a dormir...o escribir una canción triste, de desamor y antigua pasión.

Podría, pero me hace sangrar. La herida, cada día más abierta y más bella.

Sigue, sigue. Jajajajaja.

Elocuencia o locura.

Necesito té o a ti.

Esta noche me revientan los tímpanos. El alma grita y grita sin cesar. Me tapo con la almohada. Aprieto mi puño contra mi pecho, pero nada...Sigue gritando, y yo sangrando, y tú...a saber qué andas haciendo tú.


domingo, 12 de diciembre de 2010

Amor, locura y muerte.


Me levanté y fuí adentro, a las piezas bien conocidas, donde aún estaba mi revólver. Cuando volví, ella tenía los párpados cerrados.

-Matémonos- le dije.

Entreabrió los ojos, y durante un minuto no apartó la mirada de mí. Su frente límpida volvió a tener el mismo movimiento de cansado éxtasis:

-Matémonos- murmuró.

Recorrió en seguida con la vista el fúnebre lujo de la sala, en que la lámpara ardía con alta luz, y contrajo ligeramente el ceño.

-Aquí no- agregó.

Salimos juntos, pesados aún de alucinación, y atravesamos la casa resonante, pieza tras pieza. Al fin ella se apoyó contra la puerta y cerró los ojos. Cayó a lo largo de la pared. Volví el arma contra mí mismo, y me maté de una vez.

Entonces, cuando a la explosión mi mandíbula se descolgó bruscamente, y sentí un inmenso hormigueo en la cabeza; cuando el corazón tuvo dos o tres sobresaltos, y se detuvo paralizado; cuando en mi cerebro y en mis nervios y en mi sangre no hubo la más remota probabilidad de que la vida volviera a ellos, sentí que mi deuda con la cocaína estaba cumplida. ¡Me había matado, pero yo la había muerto a la vez!

¡Y me equivoqué! Porque un instante después pude ver, entrando vacilantes y de la mano, por la puerta de la sala, a nuestros cuerpos muertos, que volvían obstinados...

La voz se quebró de golpe.


Horacio Quiroga- Cuentos de amor, locura y muerte